Cuando te mueres, no sabes que estás muerto, no sufres por ello, pero es duro para el resto. Lo mismo pasa cuando eres imbécil.
Cambiar fondo del poema
En la tierra silenciosa y desierta,
donde yacen los cuerpos que han partido,
la paz eterna borra toda alerta,
un descanso que el ser nunca ha conocido.
No sabe el muerto de su despedida,
ni el imbécil de su torpe juego;
ajenos ambos al eco que se olvida,
dejando a otros con el duro fuego.
Al marchar, queda un vacío sin rumor,
no pesa el fin al que ya no lo siente,
pero deja al que queda un gran dolor
en su propia ignorancia, indiferente.
Así el imbécil camina sin pesar,
mientras el mundo a su paso sufre,
y en la memoria deja al descansar,
una espina que por siempre se encubre.