El sabor a ceniza es amargo,
como un eco de tiempos sin paz,
caminos que en fuego se alargan,
pétalos negros del sol en disfraz.
Los vientos del cielo susurran
historias guardadas de olvidar,
las sombras que al humo se aferran,
testigos de un eterno vagar.
En la noche, la luna se apaga,
su luz prisionera del gris,
y el alma en susurros reclama
un dulce regreso, un país.
El aroma en el aire palpita,
un canto de ausencias en flor,
y en el polvo se asienta la cita
del tiempo que el fuego robó.
Cenizas que el alba despiertan
son lágrimas secas de ayer,
y el luto que en la tierra se siembra
es un manto de olvido y de sed.
Cada estrella es un grito silente,
cada sombra, un secreto fugaz,
como almas que cruzan las mentes
en un cielo que no vuelve más.
La vida se dibuja en cenizas,
con trazo de un recuerdo mortal,
cual lienzo de aristas marchitas
que arrulla el deseo al final.
Sin fin, el sabor sigue amargo,
como un lago de sueños en ruinas,
resuena el susurro callado
de un ayer que jamás se destina.