Cuando era feliz en mi niñez que mi abuela me despertaba para darme una taza de café.Ocho estrofas
Cambiar fondo del poema
En los albores de mi infancia encantada,
mi abuela, con manos de suave algodón,
me despertaba la luz de la alborada,
brindándome un mundo de dulce ilusión.
Con el aroma del café recién hecho,
susurraba al alma antiguos saberes,
y en cada sorbo, un cuento de su pecho:
la magia de historias que nunca perecen.
Su risa, un canto, me envolvía el día,
como el abrazo cálido de un hogar,
su amor, un refugio, mi eterna guía,
en la taza humeante, un nuevo despertar.
Aún recuerdo su voz, la melodía
que pintaba de sol las horas primeras,
pues en cada sorbo, su sabiduría
convertía lo simple en mil primaveras.
Despertar a su lado era un regalo,
un ritual que el tiempo no borra jamás,
y aquel café, el lazo del que no me exhalo,
más dulce que el sueño de un niño en paz.
Sus cuentos flotaban en el aire fresco,
como un suspiro de tiempos mejores,
y entre susurros de café, yo padezco
la nostalgia cálida de sus fervores.
Era un rincón de eternidad sagrada,
donde los sueños anidaban su vuelo,
con cada taza, mi alma enamorada,
devolvía volar hacia el mismo cielo.
Hoy, en el eco de un sorbo temprano,
revivo el refugio de aquella sazón,
mi abuela, mi faro, de amor el arcano,
aún alumbra mi niñez con su corazón.