En silencio te miro, brillante lucero,
te sientes dichosa en mi dolor entero.
Con ojos de hielo, contemplas mi llanto,
y yo me desgarro en este triste canto.
Por caminos oscuros me llevas constante,
más allá de la pena, soy tu caminante.
Y mientras tú ríes, yo río al final,
pues en cada lágrima se oculta el cristal.
Si el sufrir es danza en tu fría mirada,
bailaré tus pasos en la alborada.
Porque al final de la sombra y de la herida,
resucitará la fuerza escondida.
Sufre quien ama, quien siente profundo,
en cada tormento descubre un mundo.
Tu risa es aliento que aviva mi llama,
en las llamas del alma mi ser se proclama.
Verás que en el eco de mi sufrimiento,
se forja la espada de mi renacimiento.
Y en el cruel panorama de tu risa rota,
alzaré mi bandera con la fuerza de Troya.
Cuando tus suspiros sean brisa lejana,
mi corazón libre tomará la mañana.
En el rincón del dolor sembrado,
florece mi risa, mi canto sagrado.
El sufrir es mar que inunda mi entorno,
pero de sus aguas brota coherente coro.
Desde el naufragio alcanza la playa,
mi espíritu fuerte, que en libertad estalla.
Así, entre sombras, me muevo sin prisa,
y en mi sufrimiento renace la risa.
Porque al final del oscuro sendero,
florece, incansable, mi amor verdadero.