Dos almas que se aman con una intensidad imposible de apagar, pero que, por alguna razón cruel e inquebrantable, no pueden estar juntas. Y, sin embargo, tampoco pueden hallar consuelo en otros brazos, porque sus ojos, su corazón, su propia esencia, solo pertenecen a esa única persona.Viven atrapados en un amor imposible, condenados a la insoportable tortura de saber que son el uno para el otro, pero sin poder alcanzarse. No hay olvido para ellos, solo el dolor de una ausencia perpetua, un anhelo que nunca encontrará descanso.
Cambiar fondo del poema
Dos almas vagan en un edén perdido,
donde el anhelo incendia, pero el destino denso
les marca un sendero cruel e impreciso,
un amor que arde sin fuego en su incendio inmerso.
Son ríos que se cruzan en un susurro lejano,
con voces calladas por la distancia imperante,
sus miradas se encuentran en un eterno llano,
más no pueden tocarse, tan solo fluir errantes.
Sus corazones laten en un mismo latido,
mil constelaciones su historia han contado,
pero el universo, en su juego retorcido,
les niega el abrazo con que han soñado.
En otros brazos, la soledad es un eco,
sus ojos buscan un horizonte ya marchito,
no hay consuelo para un amor que, sin estar muerto,
vive en la nostalgia de un sueño infinito.
Así caminan, prisioneros de una quimera,
condenados a existir en la sombra del deseo,
pues el amor que sienten, tan vasto como la esfera,
es el fuego eterno de un imposible que nunca cede.