Siempre recorría las mismas calles,descubría los mismos letreros publicitariosque colgaban de sus fierros añejos y oxidadoscon el asombro de la primera vezSaludaba a las mismas personastratando de dibujar una sonrisa en sus labios.Caminaba lentamente como queriendo no llegara ratos se detenía a observar la nadao tal vez el todo, sólo él lo sabeSu rostro ahora cansadosentía el frío de la mañanaa veces una lágrima le coqueteaba cerrando los ojos evitaba su presenciaLlegaba a la misma esquinaentraba al mismo caféy pedía siempre lo mismo.Dicen que es un fantasma agónicodicen que aún la busca en esas callesdicen que no descansará hasta encontrarla.
Cambiar fondo del poema
En las calles de siempre, su andar,
descubría anuncios, oxidados y añejos,
con la misma sorpresa del primer despertar,
cual hijo del tiempo, entre viejos espejos.
Saludaba a las sombras de rostros vividos,
trazando sonrisas en labios callados,
su paso pausado, en caminos repetidos,
se detenía ante el todo que miraban sus párpados cerrados.
Su rostro, cansado, sentía el fresco aliento
de la madrugada que le acariciaba
y, coqueta, una lágrima se rendía al viento,
más sus ojos ya cerrados, su dolencia evitaban.
Y es en la esquina, su sitio de espera,
el café de sus días, su rutina sempiterna,
dicen que busca entre añejas quimeras,
dicen que es un fantasma que el amor eterno, gobierna.
No descansará, dicen, hasta encontrar,
un reflejo del ayer, entre las calles de su andar.