Bajo el fulgor de un sol ya extinto,surge la reina de oro y sombra,su piel reluce como un laberintode ruinas donde el tiempo asombra.Sus ojos, noche de desvelo,guardan el eco de un viejo duelo.Corona de fuego y azur sin cielo,lleva en su frente la maldición,de dioses muertos, de un anheloque duerme en piedra y desolación.Los velos ondean como serpientes,susurran nombres de reyes ausentes.Las pirámides, mudos testigos,se inclinan ante su caminar.Los siglos son sus fieles amigos,la arena su lengua, su altar.Ella no muere, no ama, no olvida,en su silencio, todo da vida.En oro forjado por viejos pactos,reposa el alma de su poder.Sus besos sellan funestos actos,su voz, un canto que sabe a hiel.Cae la noche y el mundo tiembla,su sombra al viento ya lo desmantla.No es mujer, es mito encarnado,sacerdotisa del resplandor.Su pecho guarda un trono sellado,su llanto, un rito sin redentor.Quien la contempla, pierde el alma,como el que adora la tempestad calma.Así camina, inmortal y sola,entre los muertos y el resplandor.Una diosa que aún se inmolabajo el puñal de su propio ardor.Reina de un reino que ya no existe,su gloria duerme… pero persiste.Seis estrofas
Cambiar fondo del poema
Bajo el fulgor de un sol ya extinto,
surge la reina de oro y sombra,
su piel reluce como un laberinto
de ruinas donde el tiempo asombra.
Sus ojos, noche de desvelo,
guardan el eco de un viejo duelo.
Corona de fuego y azur sin cielo,
lleva en su frente la maldición,
de dioses muertos, de un anhelo
que duerme en piedra y desolación.
Los velos ondean como serpientes,
susurran nombres de reyes ausentes.
Las pirámides, mudos testigos,
se inclinan ante su caminar.
Los siglos son sus fieles amigos,
la arena su lengua, su altar.
Ella no muere, no ama, no olvida,
en su silencio, todo da vida.
En oro forjado por viejos pactos,
reposa el alma de su poder.
Sus besos sellan funestos actos,
su voz, un canto que sabe a hiel.
Cae la noche y el mundo tiembla,
su sombra al viento ya lo desmantla.
No es mujer, es mito encarnado,
sacerdotisa del resplandor.
Su pecho guarda un trono sellado,
su llanto, un rito sin redentor.
Quien la contempla, pierde el alma,
como el que adora la tempestad calma.
Así camina, inmortal y sola,
entre los muertos y el resplandor.
Una diosa que aún se inmola
bajo el puñal de su propio ardor.
Reina de un reino que ya no existe,
su gloria duerme… pero persiste.