Dejé mi pueblo, rincón de infancia,con pasos lentos y el alma herida,cincuenta años de amarga estanciasin una amistad que diera vida.Cereté me esperaba en calma,promesas suaves en su calor,pero la sombra en mí no se desarma,la soledad aún pesa el dolor.Saludo rostros, cruzo miradas,palabras vanas, sin profundidad,las voces llegan, pero apagadas,no cruzan nunca la oscuridad.He caído más veces de la cuenta,sin que una mano viniera a alzar,mi corazón cansado lamentaser invisible al querer mirar.El tiempo pasa como castigo,como rutina que no perdona,y aunque me empujo yo mismo al abrigo,la soledad siempre me aprisiona.¿Será el lugar o soy yo el motivode esta distancia que no se va?Tal vez soy yo, quizás lo esquivo,lo que la gente no cruzará.Y sin embargo, guardo una chispa,una esperanza que no murió,quizás un día, sin prisa,llegue esa mano que nunca llegó.Siete estrofas
Cambiar fondo del poema
Dejé mi pueblo, rincón de infancia,
con pasos lentos y el alma herida,
cincuenta años de amarga estancia
sin una amistad que diera vida.
Cereté me esperaba en calma,
promesas suaves en su calor,
pero la sombra en mí no desarma,
la soledad aún pesa el dolor.
Saludo rostros, cruzo miradas,
palabras vanas, sin profundidad,
las voces llegan, pero apagadas,
no cruzan nunca la oscuridad.
He caído más veces de la cuenta,
sin que una mano viniera a alzar,
mi corazón cansado lamenta
ser invisible al querer mirar.
El tiempo pasa como castigo,
como rutina que no perdona,
y aunque me empujo yo mismo al abrigo,
la soledad siempre me aprisiona.
¿Será el lugar o soy yo el motivo
de esta distancia que no se va?
Tal vez soy yo, quizás lo esquivo,
lo que la gente no cruzará.
Y sin embargo, guardo una chispa,
una esperanza que no murió,
quizás un día, sin prisa,
llegue esa mano que nunca llegó.