Oh bienaventurado ladrón, que recibiste la gracia de compartir los sufrimientos de mi Salvador. Junto a Jesús clavado en su cruz estabas tú, donde hubiera querido estar yo: pecador arrepentido, y compasivo. Tu cabeza inclinada hacia el divino crucificado es también la imagen de la mía. La mayoría de los hombres han amado a Cristo en sus milagros y en su gloria. Pero tú le has amado en su abandono, en sus dolores, en su agonía. Obtenme a mí, que también soy ladrón, que a la hora de mi muerte reciba piedad, y ternura, y que los últimos latidos de mi pobre corazón sean como el tuyo, en unión de amor con el de Cristo Jesús muriendo por nosotros. Amén.
Cambiar fondo del poema
Oh bienaventurado ladrón, en tu agonía,
compartiste con Cristo la amarga cruz,
donde mis sueños, en su humilde luz,
con fervor también quisieran hallarse un día.
Pecador arrepentido, compasivo y fiel,
tú, con cabeza inclinada, tocaste lo divino,
y en ese acto de amor tan genuino,
reflejaste la sombra de mi anhelo y mi piel.
La multitud buscó milagros, gloria y resplandor,
mas en su abandono, en su inmensa pena,
hallaste en Jesús la luz serena,
y fuiste testigo de su supremo amor.
Oh ladrón, en la última hora ven a mí,
que en mi miseria, busco piedad,
y que mi pobre corazón, con suavidad,
late en amor eterno hacia quien murió aquí. Amén.