No se necesita pertenecer a una religión para actuar con rectitud. La brújula moral nace de la conciencia despierta, no del temor al castigo divino. Quien entiende la diferencia entre el bien y el mal lo hace por integridad, no por obligación. La verdadera ética florece cuando el alma elige lo correcto, incluso cuando nadie la observa.
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No es del dogma la raíz del bien,
ni de cielos promesas y escarmientos;
la brújula moral, fervor interno,
nace del alma que clara se ve.
No hay libro sagrado que pueda enseñar
lo que en el corazón ya ha florecido;
la ética despierta en el latido
del ser que elige sin temor ni azar.
Es la conciencia quien dicta el camino,
sin celestiales juicios a temer,
pues la virtud no busca recompensa
y actúa firme, aunque nadie la vea.
Así, en la brisa silenciosa está
la esencia de un corazón recto y puro:
hacer el bien por saber él su lugar,
sin el peso de lo divino impuro.