En un rincón de la mente errante,
donde las palabras chocan sin compás,
discutir con un tonto es como un amante
que se refleja en un espejo de solaz.
Cada argumento, cual eco perdido,
un reflejo que boicotea la razón.
¿Gana quién? Pregunta el viento,
pues en la palabra ya no hay emoción.
Dos sombras juegan en un charco,
pensando en sus victorias vanas,
mientras el mundo sigue su arco,
ignorando sus disputas insanas.
Y así, la luna calla su risa,
porque en la arena del tiempo pasajero,
persiste el eco de una falsa prisa—
un tonto solo siempre será primero.