En la orilla muda de un lago muerto,él se alza solo, sombra sin calor,bajo un cielo de recuerdos inciertos,donde la luna dibuja su dolor.Ella, etérea, lo observa entre suspiros,rostro en el viento, espejo de sus giros.En sus labios duerme un nombre antiguo,no el del hombre que su sombra besa,sino aquel que, como cruel acertijo,cambió la pasión por una promesa.Triángulos nacen en la niebla fría,cadenas de un alma que no quería.Los árboles rasgan el cielo de hollín,como dedos de amantes prohibidos,cada rama, un destino sin fin,canta traiciones de amores vencidos.Ella calla, pero su imagen gritaen la soledad que la repita.Tres caminos cruzan la misma herida,y uno se arrastra en el barro del engaño.La pasión que arde, la culpa escondida,forman triángulos del alma en desengaño.Nadie gana en este juego de espejos,donde los besos duelen más que los reflejos.Él recuerda sus ojos, otra mirada,la que no tiene cuerpo pero lo invade.El amor se disfraza de espada,corta la carne, y el alma arde.Dos nombres en su pecho marcado,uno que ama, otro que ha traicionado.Y así el lago guarda los secretos,de figuras que nunca son rectas.Los triángulos tiemblan, discretos,en pasiones torcidas y directas.Solo en la bruma se escucha el eco:Amar a tres… es morir por hueco.Seis estrofas
Cambiar fondo del poema
En la orilla muda de un lago muerto,
él se alza solo, sombra sin calor,
bajo un cielo de recuerdos inciertos,
donde la luna dibuja su dolor.
Ella, etérea, lo observa entre suspiros,
rostro en el viento, espejo de sus giros.
En sus labios duerme un nombre antiguo,
no el del hombre que su sombra besa,
sino aquel que, como cruel acertijo,
cambió la pasión por una promesa.
Triángulos nacen en la niebla fría,
cadenas de un alma que no quería.
Los árboles rasgan el cielo de hollín,
como dedos de amantes prohibidos,
cada rama, un destino sin fin,
canta traiciones de amores vencidos.
Ella calla, pero su imagen grita
en la soledad que la repita.
Tres caminos cruzan la misma herida,
y uno se arrastra en el barro del engaño.
La pasión que arde, la culpa escondida,
forman triángulos del alma en desengaño.
Nadie gana en este juego de espejos,
donde los besos duelen más que los reflejos.
Él recuerda sus ojos, otra mirada,
la que no tiene cuerpo pero lo invade.
El amor se disfraza de espada,
corta la carne, y el alma arde.
Dos nombres en su pecho marcado,
uno que ama, otro que ha traicionado.
Y así el lago guarda los secretos,
de figuras que nunca son rectas.
Los triángulos tiemblan, discretos,
en pasiones torcidas y directas.
Solo en la bruma se escucha el eco:
Amar a tres… es morir por hueco.