En la taza humeante de cada mañana,gotea mi alma como miel callada,olor a jazmín, a pan y a ventanaque se abre al sol tras noche enlutada.Mi infancia fue colmena entre los días,rumor de abejas, juegos y merienda,la voz de mi madre, suave melodía,ungüento tibio que el alma encomienda.Tus ojos —dos celdillas de ternura—me ofrecieron dulzura sin medida,como la flor que, sin saber, procurala miel futura al borde de su vida.La herida que sangró en tardes de enerohoy sabe a néctar, lento, verdadero;la pena, ya dormida en su lucero,es miel oscura en frasco de viajero.Hay miel en la risa de quien espera,en la canción que el viento no se lleva,en las palabras que dan su maderaal pan del alma cuando ya se ciega.Y así recojo, abeja temblorosa,lo que el amor deja en cada jornada:fragancia, luz, espina y mariposa,miel que fermenta el pulso de mi nada.En la taza humeante de cada mañana,gotea mi alma como miel callada,olor a jazmín, a pan y a ventanaque se abre al sol tras noche enlutada.Mi infancia fue colmena entre los días,rumor de abejas, juegos y merienda,la voz de mi madre, suave melodía,ungüento tibio que el alma encomienda.Tus ojos —dos celdillas de ternura—me ofrecieron dulzura sin medida,como la flor que, sin saber, procurala miel futura al borde de su vida.La herida que sangró en tardes de enerohoy sabe a néctar, lento, verdadero;la pena, ya dormida en su lucero,es miel oscura en frasco de viajero.Hay miel en la risa de quien espera,en la canción que el viento no se lleva,en las palabras que dan su maderaal pan del alma cuando ya se ciega.Y así recojo, abeja temblorosa,lo que el amor deja en cada jornada:fragancia, luz, espina y mariposa,miel que fermenta el pulso de mi nada.Seis estrofas
Cambiar fondo del poema
En la taza humeante de cada mañana,
gotea mi alma como miel callada,
olor a jazmín, a pan y a ventana
que se abre al sol tras noche enlutada.
Mi infancia fue colmena entre los días,
rumor de abejas, juegos y merienda,
la voz de mi madre, suave melodía,
ungüento tibio que el alma encomienda.
Tus ojos —dos celdillas de ternura—
me ofrecieron dulzura sin medida,
como la flor que, sin saber, procura
la miel futura al borde de su vida.
La herida que sangró en tardes de enero
hoy sabe a néctar, lento, verdadero;
la pena, ya dormida en su lucero,
es miel oscura en frasco de viajero.
Hay miel en la risa de quien espera,
en la canción que el viento no se lleva,
en las palabras que dan su madera
al pan del alma cuando ya se ciega.
Y así recojo, abeja temblorosa,
lo que el amor deja en cada jornada:
fragancia, luz, espina y mariposa,
miel que fermenta el pulso de mi nada.