Amé con la urgencia del viento callado.Como quien sabe que el fin se avecina,y aún así abraza con los ojos cerrados.No pedí eternidad ni promesas doradas,solo el temblor de su voz en mi pecho,el instante fugaz donde todo es milagro.Sus manos eran mapa, fuego y regreso,como el sol cuando roza la piel de septiembre,como un tren que no espera, pero invita,como un río que canta mientras muere.La miré partir como parte del ciclo,igual que las hojas dejan los árboles,sin reclamos, sin ruido, sin cadenas,porque amé sabiendo que no se retieneaquello que nace del alma libre.Y el verano se fue, como se va la infancia,sin decir adiós, pero dejando huella,en la esquina de cada recuerdo dormido,en el murmullo que trae la marea,en el sabor dulce-amargo del eco,en el temblor de un suspiro sin dueño.Ella fue estación, cometa, raíz y relámpago,fue la pausa en la lluvia, fue abrigo y relámpago,fue mi sombra más clara, mi verso sin rima,la palabra que no se aprende en los libros,una promesa hecha de espuma y silencio,un susurro que aún vibra entre los sauces,una herida que canta y no pide remedio.Amé como si todo acabara en su risa,como si el mundo ardiera tras su paso,como si la tarde durará un suspiro,como si el fin trajera su nombre en secreto.Amé sin razones, sin tregua, sin miedo,sin pedir al tiempo una prórroga más,como ama la luna sin tocar el mar,como se ama una vez… y nunca igual.
Cambiar fondo del poema
Amé con la urgencia del viento callado,
como quien sabe que el fin se avecina,
y aún así abraza con los ojos cerrados.
No pedí eternidad ni promesas doradas,
solo el temblor de su voz en mi pecho,
el instante fugaz donde todo es milagro.
Sus manos eran mapa, fuego y regreso,
como el sol cuando roza la piel de septiembre,
como un tren que no espera, pero invita,
como un río que canta mientras muere.
La miré partir como parte del ciclo,
igual que las hojas dejan los árboles,
sin reclamos, sin ruido, sin cadenas,
porque amé sabiendo que no se retiene
aquello que nace del alma libre.
Y el verano se fue, como se va la infancia,
sin decir adiós, pero dejando huella,
en la esquina de cada recuerdo dormido,
en el murmullo que trae la marea,
en el sabor dulce-amargo del eco,
en el temblor de un suspiro sin dueño.
Ella fue estación, cometa, raíz y relámpago,
fue la pausa en la lluvia, fue abrigo y relámpago,
fue mi sombra más clara, mi verso sin rima,
la palabra que no se aprende en los libros,
una promesa hecha de espuma y silencio,
un susurro que aún vibra entre los sauces,
una herida que canta y no pide remedio.
Amé como si todo acabara en su risa,
como si el mundo ardiera tras su paso,
como si la tarde durará un suspiro,
como si el fin trajera su nombre en secreto.
Amé sin razones, sin tregua, sin miedo,
sin pedir al tiempo una prórroga más,
como ama la luna sin tocar el mar,
como se ama una vez… y nunca igual.