Tu partida fue un luto sin aurora,una noche eterna sin consuelo,las campanas lloran cada hora,y el alma vaga errante por el cielo.Tus labios de sangre, ya dormidos,susurran versos rotos y perdidos.El velo negro cubre mi deseo,tus manos, frías sombras del ayer,mi carne tiembla ante el recuerdo feode no poder jamás volverte a ver.Te busco en cada grieta del abismo,pero hallo solo el eco de mí mismo.La luna gime en lóbrega agonía,mi cruz se oxida en lágrimas sin fin,la risa se ha vestido de elegíadesde que el beso tuyo no es jardín.Ya no hay flor que beba de la aurora,solo espinas crecen cada hora.Las ruinas cantan tu nombre en silencio,y el viento arrastra el luto en mi rincón,mis dedos tiemblan, pálidos de incienso,al recordarte en cruel desolación.La noche es fiel testigo de mi duelo,y el cuervo reza versos en su vuelo.Tu partida fue un pacto con la muerte,un juramento escrito en un rubí,el alma mía se tornó inerteal perder la promesa de vivir.No hay consuelo, ni paz, ni despedida,solo el vacío, solo la caída.Mas si la luna escucha mi lamento,y el velo de la noche se deshace,tal vez, amor, en otro firmamentose encuentren nuestras sombras, y renacela caricia que me fue negada,la eternidad de tu alma condenada. |Seis estrofas
Cambiar fondo del poema
Tu partida fue un luto sin aurora,
una noche eterna sin consuelo,
las campanas lloran cada hora,
y el alma vaga errante por el cielo.
Tus labios de sangre, ya dormidos,
susurran versos rotos y perdidos.
El velo negro cubre mi deseo,
tus manos, frías sombras del ayer,
mi carne tiembla ante el recuerdo feo
de no poder jamás volverte a ver.
Te busco en cada grieta del abismo,
pero hallo solo el eco de mí mismo.
La luna gime en lóbrega agonía,
mi cruz se oxida en lágrimas sin fin,
la risa se ha vestido de elegía
desde que el beso tuyo no es jardín.
Ya no hay flor que beba de la aurora,
solo espinas crecen cada hora.
Las ruinas cantan tu nombre en silencio,
y el viento arrastra el luto en mi rincón,
mis dedos tiemblan, pálidos de incienso,
al recordarte en cruel desolación.
La noche es fiel testigo de mi duelo,
y el cuervo reza versos en su vuelo.
Tu partida fue un pacto con la muerte,
un juramento escrito en un rubí,
el alma mía se tornó inerte
al perder la promesa de vivir.
No hay consuelo, ni paz, ni despedida,
solo el vacío, solo la caída.
Mas si la luna escucha mi lamento,
y el velo de la noche se deshace,
tal vez, amor, en otro firmamento
se encuentren nuestras sombras, y renace
la caricia que me fue negada,
la eternidad de tu alma condenada.