Bajo la luna de nácar que tiembla en la marea,como faro encendido en la bruma del alma,guardaré en mis manos la luz que centellea,te esperaré, amor mío, más allá de la calma.Te esperaré en el puerto donde cantan las olas,con un ramo de sueños y un susurro de viento,seré voz de gaviotas en las tardes solas,anclada en la orilla de tu pensamiento.Te esperaré en los campos donde el trigo se inclina,allí donde el aroma de jazmín se arrodilla,y el sol pinta dorado la piel cristalinade la nostalgia pura que en mi pecho brilla.Te esperaré, aunque el tiempo me vista de invierno,aunque caigan las hojas y el silencio me cubra,seré llama escondida, latido eterno,un verso en la penumbra que tu sombra alumbra.Y cuando vuelvas, amor, será fiesta en el cielo,las estrellas danzando sobre el río callado,te esperaré siempre, sin medida ni duelo,porque mi corazón a tu nombre está atado.Cinco estrofas
Cambiar fondo del poema
Bajo la luna de nácar que tiembla en la marea,
como faro encendido en la bruma del alma,
guardaré en mis manos la luz que centellea,
te esperaré, amor mío, más allá de la calma.
Te esperaré en el puerto donde cantan las olas,
con un ramo de sueños y un susurro de viento,
seré voz de gaviotas en las tardes solas,
anclada en la orilla de tu pensamiento.
Te esperaré en los campos donde el trigo se inclina,
allí donde el aroma de jazmín se arrodilla,
y el sol pinta dorado la piel cristalina
de la nostalgia pura que en mi pecho brilla.
Te esperaré, aunque el tiempo me vista de invierno,
aunque caigan las hojas y el silencio me cubra,
seré llama escondida, latido eterno,
un verso en la penumbra que tu sombra alumbra.
Y cuando vuelvas, amor, será fiesta en el cielo,
las estrellas danzando sobre el río callado,
te esperaré siempre, sin medida ni duelo,
porque mi corazón a tu nombre está atado.