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En la mesa callada de un día sin nombre,la luz se derrama por vidrios antiguos;un joven sostiene la vida en sus manos,y el Tiempo lo mira con ojos vacíos.La Muerte se inclina, vestida de noche,sus dedos de hueso acarician la brisa;no trae amenaza, ni filo, ni ira,sólo un viejo pacto que nadie revisa."Tu plato es la aurora, tu pan es la historia,tu copa contiene los días que bebes;cada bocado te acerca a mi sombra,y en cada sorbo te vuelves más leve".El joven la mira sin miedo ni llanto,pues sabe que en todo final hay ternura;quizás compartir una mesa con ellasea hallar la verdad que el alma procura.Y así, entre migajas, silencio y destello,la cena se torna un ritual sagrado;la Muerte sonríe sin labios ni gesto,y el joven comprende que todo ha llegado.Cinco estrofas de cuatro versos

En la mesa callada de un día sin nombre,  
la luz se derrama por vidrios antiguos;  
un joven sostiene la vida en sus manos,  
y el Tiempo lo mira con ojos vacíos.  

La Muerte se inclina, vestida de noche,  
sus dedos de hueso acarician la brisa;  
no trae amenaza, ni filo, ni ira,  
sólo un viejo pacto que nadie revisa.  

"Tu plato es la aurora, tu pan es la historia,  
tu copa contiene los días que bebes;  
cada bocado te acerca a mi sombra,  
y en cada sorbo te vuelves más leve".  

El joven la mira sin miedo ni llanto,  
pues sabe que en todo final hay ternura;  
quizás compartir una mesa con ella  
sea hallar la verdad que el alma procura.  

Y así, entre migajas, silencio y destello,  
la cena se torna un ritual sagrado;  
la Muerte sonríe sin labios ni gesto,  
y el joven comprende que todo ha llegado.

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En la mesa callada de un día sin nombre, la luz se derrama por vidrios antiguos; un joven sostiene la vida en sus manos, y el Tiempo lo mira con ojos vacíos. La Muerte se inclina, vestida de noche, sus dedos de hueso acarician la brisa; no trae amenaza, ni filo, ni ira, sólo un viejo pacto que nadie revisa. "Tu plato es la aurora, tu pan es la historia, tu copa contiene los días que bebes; cada bocado te acerca a mi sombra, y en cada sorbo te vuelves más leve". El joven la mira sin miedo ni llanto, pues sabe que en todo final hay ternura; quizás compartir una mesa con ella sea hallar la verdad que el alma procura. Y así, entre migajas, silencio y destello, la cena se torna un ritual sagrado; la Muerte sonríe sin labios ni gesto, y el joven comprende que todo ha llegado.