En la noche sin luna, cabalga el silencio,sobre ruedas de acero y caminos inciertos.Sus manos descansan, pesadas, cansadas,como un alma que carga promesas quebradas.El viento susurra memorias de fuego,rostros perdidos en mares de tiempo.Y sobre su espalda, la niebla dibuja,el beso de un cráneo que nunca se esfuma.Las nubes se rasgan, revelan su llanto,un trueno profundo, un eco quebranto.Él baja la frente, cerrando los ojos,mientras la Muerte le tiende sus rojos.Bajo cielos de tinta, su moto reposa,compañera leal, feroz y hermosa.Ambos guardan secretos que el mundo no toca,y hablan con sombras que nadie convoca.Así sigue el jinete, errante y callado,cruzando horizontes, de noche abrazado.Pues sabe que un día, al fin del sendero,la Muerte será su último viajero.Cinco estrofas
Cambiar fondo del poema
En la noche sin luna, el silencio cabalga,
sobre ruedas de acero y caminos inciertos.
Sus manos descansan, pesadas, cansadas,
como un alma que carga promesas quebradas.
El viento susurra memorias de fuego,
rostros perdidos en mares de tiempo.
Y sobre su espalda, la niebla dibuja,
el beso de un cráneo que nunca se esfuma.
Las nubes se rasgan, revelan su llanto,
un trueno profundo, un eco quebranto.
Él baja la frente, cerrando los ojos,
mientras la Muerte le tiende sus rojos.
Bajo cielos de tinta, su moto reposa,
compañera leal, feroz y hermosa.
Ambos guardan secretos que el mundo no toca,
y hablan con sombras que nadie convoca.
Así sigue el jinete, errante y callado,
cruzando horizontes, de noche abrazado.
Pues sabe que un día, al fin del sendero,
la Muerte será su último viajero.