En la cima del saber,
una luz se alzó brillante,
tu voz como aire errante
me mostró el querer ver.
Tienes razón en decir,
que en la calma hay tesoro,
como en la lluvia el oro,
que del cielo ha de fluir.
A veces el corazón,
se pierde en su maraña,
y solo una voz huraña
rompe la sorda prisión.
Con tus palabras de filo,
despiertas el letargo,
como un amanecer largo
que disuelve el sigilo.
Por eso al final del viaje,
con claridad cristalina,
tu verdad se adivina
en mi propio paisaje.