En tu voz, Marcia, la madrugada se abre,no como un telón solemne,sino como una ventana donde se cuelael olor del café y la primera palabra,esa que nunca llega domesticada.Tus versos no se conforman con rimar,se agrietan como calles después de la lluvia,y al leerlos uno siente que pisa charcosque guardan reflejos de alguien más:quizá la ciudad, quizá tu propia sombra.Cuando cantas, no basta el oído,hay que entregar el pecho,porque tu voz no acaricia:desarma, como quien quita de golpela venda de los ojos.Has sabido hacer del poema una cancióny de la canción, un refugio;ni letra muerta ni melodía de fondo,sino un pulso que insistey nos recuerda que estamos despiertos.Así, Marcia, te nombro en este homenaje:no como estatua ni mito,sino como la mujer que escribe y cantacon la misma sangre que nos arde,y nos hace callar para escucharla.Cinco estrofas
Cambiar fondo del poema
En tu voz, Marcia, la madrugada despierta,
no como un telón que cae solemne,
sino como una ventana abierta
donde se cuela el aroma del café,
y la primera palabra, indómita, se vierte.
Tus versos jamás se amoldan a rimas,
como calles cuarteadas tras la tormenta,
y al leerlos, vacilamos en sus beatas simas,
donde charcos reflejan ecos de espejismos:
la ciudad, tu sombra, en cada grieta.
Cuando cantas, el oído no basta,
se entrega el pecho entero, como rito,
porque tu voz no acaricia: desbarata,
despoja del mundo el velo oculto,
revelando la luz en un giro fortuito.
Has forjado del poema una canción,
y de la canción, un cálido refugio;
ni letra inerte ni sutil murmuración,
sino latido tenaz que en su crescencio
nos invita a recordar que aquí existimos.
Así, Marcia, este homenaje recibe:
no como estatua, ni como eco heroico,
sino como la mujer que escribe y vive
con la misma sangre que nos inflama,
silueta de silencio que invita a oírla.