En el principio sólo existía el Silencio Innombrable, y en ese silencio reposaba la esencia de todo cuanto sería. No había alto ni bajo, ni forma ni vacío; sólo el misterio dormido en la quietud eterna.Y fue entonces cuando el Sonido Primordial se levantó como un resplandor sin ojos. Era Yejova, el Insondable, quien decidió desgarrar el manto de la quietud. Con un único pulso, vibró, y la Nada se estremeció.De aquel primer eco surgieron los Valaire, resplandores vivos, guardianes del Canto. Cada uno nació de un matiz del Sonido: unos ardientes como relámpagos, otros suaves como brumas, otros vastos como mares ocultos. Yejova les confió el misterio del ritmo y los envió a danzar en el vacío.Los Valaire entrelazaron sus movimientos y en esa danza aparecieron los primeros tejidos del ser. Las ondas del Canto se entrechocaban y se fundían, como ríos invisibles que se abrazan. Y de esos encuentros nacieron las chispas de fuego que habrían de convertirse en los cimientos de todo lo visible.Al principio, sólo eran luces errantes, semillas dispersas en el abismo. Más no estaban solas: cada chispa llevaba en sí el eco del Sonido que la había engendrado. Y, al encontrarse entre sí, comenzaron a unirse, como fragmentos de una melodía que busca completarse.Así nació el Primer Tejido, un entramado secreto donde el ritmo se volvió forma y la vibración se volvió sustancia. Lo que antes era invisible empezó a adquirir peso, como si el canto se hubiera hecho carne de fuego.Las llamas primeras estallaban y danzaban, y en su furor se formaron corrientes inmensas, como mares ardientes que aún no conocían reposo. En esas mareas de luz y ardor, los Valaire escribían con su danza los caminos del porvenir.El Sonido, expandiéndose sin detenerse, abrió espacios infinitos. Y cada espacio era un recipiente para nuevas armonías, nuevas llamas, nuevas corrientes.Así fue que el Todo comenzó a tomar rostro.Lo invisible se tornó visible.El Canto se volvió forma.El Sonido se hizo mundo.Yejova, en su sabiduría insondable, contempló lo creado y dejó que siguiera expandiéndose, como una melodía que nunca se apaga.
Cambiar fondo del poema
En el principio, Silencio eterno,
reposaba el misterio en su morada,
sin nombre, sin forma, en su seno interno,
la esencia intacta, en calma abrazada.
El Sonido Primordial se alzó,
resplandor sin ojos, Yejova en su arte,
desgarró la quietud con su único pulso,
y la Nada tembló al sonar su parte.
De aquel eco nacieron los Valaire,
guardianes del Canto, luces errantes,
ardientes relámpagos, brumas suaves,
mares vastos en su danza constantes.
Tejieron el ser con ritmos sagrados,
ondas de canto en encuentros de fuego,
chispas surgieron, cimientos sembrados,
melodías buscando el eco en su juego.
Así nació el Primer Tejido,
una trama secreta en vibración,
lo invisible tomó rostro y sentido,
la sustancia del canto, la creación.
Llamas primeras en danzas ardientes,
corrientes inmensas formando caminos,
Valaire, en su arte, entrelazan corrientes,
y el mundo canta en unisono divinos.
El Sonido expandiéndose aún,
abre espacios de armonías eternas,
deja que el Todo siga su fortuna,
un Canto que en el cosmos se aferra.