El Primer Tejido palpitaba aún como fuego vivo, extendiéndose en todas las direcciones. Era un océano de luz sin orillas, un mar ardiente donde las vibraciones se entrelazaban y se dividían en infinitas corrientes.Los Valaire, nacidos de la Voz de Yejova, se reunieron en torno a aquel tejido resplandeciente. Cada uno escuchó en su interior el eco de un mandato oculto: ordenar el caos. Y así, se dispusieron a obrar, no con manos, sino con ritmos y danzas.Uno tras otro comenzaron a guiar las corrientes, tejiendo círculos dentro del mar de fuego. Con su canto, las luces errantes se atrajeron y giraron, hasta convertirse en torbellinos de resplandor. Algunos se inflamaron y permanecieron como fuegos eternos, y éstos fueron los Astros Mayores, luminarias sin descanso que habrían de sostener la vastedad.Otros, en cambio, se recogieron en sí mismos, enfriando su ardor poco a poco, hasta que su fuego se tornó reposo. Y éstos fueron los Mundos Silenciosos, esferas que aguardaban aún la caricia de nuevos cantos.Los Valaire se maravillaron al contemplar cómo la vibración daba lugar a la forma, y cómo la forma podía sostenerse en medio del vacío. Cada astro era como una nota sostenida en la sinfonía de Yejova, y cada mundo, una cuerda aún muda a la espera de su melodía.Pero no todo fue orden inmediato. Algunos torbellinos se deshicieron en chispas, regresando al mar ardiente como ríos desbordados. Yejova permitió que así fuera, pues en el derramarse también había belleza, y de lo que se fragmentaba surgirían nuevas combinaciones.Los Valaire, guiados por el Sonido, siguieron su labor. Donde el tejido se tensaba demasiado, suavizaban sus corrientes. Donde se formaban vacíos, soplaban con su canto hasta encender nuevas luces. Y así, con paciencia inmortal, fueron disponiendo los cielos como un tapiz infinito.De esta manera, el Todo comenzó a llenarse de moradas: fuegos que iluminaban, esferas que esperaban, corrientes que unían a unas con otras. El mar ardiente se transformó en un firmamento danzante, donde cada chispa halló su lugar en el gran concierto.Yejova contempló lo obrado y vio que el Canto había hallado eco. El Silencio primero ya no reinaba: en su lugar vibraba una sinfonía de fuegos y esferas, un coro de luces que jamás volvería a apagarse.
Cambiar fondo del poema
En el principio, el tejido ardía,
fuego vivo, océano en expansión,
un mar de luz sin límite y sin guía,
donde corrían las corrientes en canción.
Los Valaire, de Yejova nacidos,
acudieron al llamado interior,
en su esencia sentían escondidos,
los ritmos del orden en su labor.
Guiaron las corrientes, los danzantes,
torbellinos de resplandor crearon,
algunos se hicieron eternas luces,
astros mayores que el cosmos llenaron.
Otros, en su calma se recogían,
mundos silenciosos en la espera,
de voces nuevas que los encendieran,
aguardando su canto en primavera.
No todo se ordenó sin resistencia,
chispa a chispa al mar ardiente volvía,
Yejova, en su infinita sapiencia,
permitía que el caos fuera armonía.
Los Valaire tejieron los cielos vastos,
donde el tejido, en tensión, vibraba,
con canto encendieron luces de rastros,
donde el vacío su sombra albergaba.
En el firmamento danzante ahora,
fuegos y esferas llevan su canción,
y en el vasto tapiz que se colora,
se escucha el eco de la creación.
Yejova, contemplando lo formado,
vio en el canto su ecos encontrar,
el Silencio primero, ahora negado,
era una sinfonía para eternizar.