Cuando los cielos fueron encendidos con incontables fuegos y esferas, los Valaire contemplaron la obra de Yejova. Sus corazones de resonancia ardieron de gozo, y no pudiendo contener su júbilo, elevaron un cántico inmortal.Su canto no tenía palabras, sino vibraciones puras, armonías que atravesaban los velos del firmamento. Era un coro inmenso que tejía luz sobre la luz, y su resonancia llegó hasta la hondura donde el Silencio todavía moraba.“Oh Yejova, Voz Insondable,Tú que desgarraste la Nada con tu Sonido,Tú que diste danza al vacío y fuego a la tiniebla,Sea bendito tu eco por siempre.Nosotros, nacidos de tu aliento,guardaremos tus ritmos,y llevaremos tu canto a las moradas sin nombre.”Yejova recibió aquella alabanza como quien contempla el reflejo de su propio rostro en aguas cristalinas. Entonces, el Sonido habló a los Valaire, no con lengua ni susurro, sino con vibración que penetró en lo más profundo de su ser:“De entre los mundos silenciosos, escojo uno.Un punto azul en medio del concierto,una esfera aún sin voz,para que en él habite el reflejo de mi vida.Formadlo paso a paso,y haced que se torne morada de lo vivo.”Así, los Valaire descendieron hacia aquel mundo elegido, aún joven y ardiente, envuelto en mares de fuego y piedra líquida.Primero, con su canto apaciguaron el furor del ardor, y la superficie hirviente se fue endureciendo, como costra sobre un abismo de brasas. Grandes montañas se alzaron de su piel, y hondos valles quedaron grabados por la danza del fuego que se retiraba.Después, invocaron a las aguas. De sus voces surgieron nubes eternas que se derramaron como ríos del cielo. Llovió sin fin sobre las rocas encendidas, y el mundo, que era fuego, comenzó a vestirse de mares. Los océanos se extendieron como espejos oscuros, y en ellos reposó el reflejo de las primeras luces del firmamento.Pero el mundo aún era caos, pues los mares cubrían demasiado y la tierra apenas mostraba su rostro. Entonces, los Valaire levantaron continentes, retirando las aguas hacia los abismos. Así aparecieron las primeras islas, y la Tierra respiró como un ser que despierta.Luego, ordenaron los cielos de aquel mundo. Hicieron que un fuego mayor reinara en el día, y que la luminaria menor gobernara la noche. También sembraron el firmamento con incontables brasas, para que la Tierra jamás olvidara que era parte del vasto concierto.Así, el planeta azul quedó dispuesto:—su roca endurecida,—sus mares profundos,—su cielo en movimiento.Era un templo aún vacío, pero ya preparado para recibir la vida que habría de cantar un día.Los Valaire se postraron en silencio, aguardando el próximo mandato de Yejova.
Cambiar fondo del poema
Cuando los cielos fueron encendidos,
los Valaire vieron luces sin final,
obra de Yejova en lo alto suspendida,
y sus corazones resonaron en coral.
En un cántico sin palabras ni fronteras,
la armonía cruzó el vasto firmamento,
tejían luz sobre luz, hilaban era,
su eco tocó el Silencio, su movimiento.
"Oh Yejova, Voz que rompe la Nada,
Tú das danza al vacío y fuego a la sombra,
bendito sea tu eco en la morada,
nosotros guardaremos tu canción asombrosa."
Yejova, en vibración sin lengua hablante,
mostró a los Valaire un mundo dormido,
una esfera azul en el cosmos palpitante,
y allí plantarían vida en su latido.
Los Valaire descendieron con su canto,
y la furia del fuego apaciguaron,
costras de montañas y valles, encanto,
sobre rocas ardientes modelaron.
Aguas invocaron, nubes eternas,
lluvia sin fin sobre la llama se derramó,
los océanos cubrieron las cavernas,
y el mundo en mares oscurecidos reposó.
Alzaron continentes, retirando los mares,
la Tierra exhaló, rostro al sol mostraba,
ordenaron cielos con luminarias,
fuego mayor y menor danzaban.
Con luces nuevas, el templo quedó dispuesto,
—roca firme, mar profundo, cielo en actoría—,
un vacío aún en espera del resto,
listo para la vida que en él viviría.
Los Valaire, en reverencia, aguardaron,
el mandato de Yejova, en silencio hallaron.