Aronir, vió las ramas bellas de los arboles y lianas y escribió líneas ornamentales como si fueran la firma de la propia naturaleza, unas líneas caligráficas bien finas, después vió el cielo de la noche, a las estrellas, y de sus nombres formó la pronunciación de sus líneas, cuando vió lo que había hecho se extasió, y lo llamo Adarin, el lenguaje de las estrellas.
Cambiar fondo del poema
En el bosque sereno, Aronir miraba,
las ramas y lianas en danza sutil,
trazando en el aire susurros de alabanza,
firmas de la tierra, caligrafía febril.
Con dedos de artista y corazón atento,
hiló las palabras del viento y la flor,
grabó en el papel los hilos del tiempo,
fino terciopelo de un mundo mejor.
Luego alzó la vista al tapiz infinito,
donde estrellas doradas tejían su red,
y en susurrante idioma, con tintes de mito,
les dio un nombre nuevo, un canto al placer.
Así creó Aronir el lenguaje divino,
Adarin sonoro de astral vibración,
y al ver su obra, con asombro genuino,
se unió en éxtasis a la constelación.