Pronto, lo que Aronir enseñaba lo escribía en el Iluveryon, y mientras más meditaba más enseñaba a las personas, no como orador ni religioso, todas las verdades, a Iluveryon siempre lo guardaba.
Cambiar fondo del poema
En la calma del crepúsculo, Aronir pensaba,
con sabiduría antigua, en su mente danzaba.
Guardaba en Iluveryon, su libro sagrado,
las verdades del mundo, con cuidado atrapado.
No buscaba ser orador, ni voz de lo divino,
su enseñanza fluía como un noble camino.
A cada meditación, más luces brillaban,
y en cada corazón, semillas sembraban.
Para él no había dogma, ni cadena impuesta,
sólo el canto del alma en su continua fiesta.
Iluveryon lo guardaba, su tesoro en páginas,
un legado de amor, en sus líneas mágicas.
Pues el saber verdadero no proclama, sólo abriga,
y quien lo busca en silencio, en la verdad se abriga.