y los religiosos, tanto como las personas, se cuestionaban de qué confesión era este hombre, que enseñaba como si fuese un gran sabio, y sus palabras eran como poesía leccionaria.
Cambiar fondo del poema
En el templo susurraban
los fieles con devoción,
preguntando en cada esquina
la verdad de su confesión.
Era un hombre, solo un hombre,
pero sus palabras brillaban,
como versos de un sabio antiguo
que las almas despertaban.
No llevaba credo alguno,
su estandarte era el amor,
y en cada frase escondía
un destello de fulgor.
Cual profeta sin bandera,
enseñaba sin temor,
que la fe no es una línea,
sino un vasto resplandor.
Y así, bajo las estrellas,
donde la duda se emplaza,
las almas encontraron calma
en su voz, que nunca cansa.