Y San Francisco comenzó entonces a gritar y a decir: -¡Señor mío, Jesucristo! Te doy gracias por tanto honor y caridad como muestras hacia mí, lo cual es signo de grande amor, porque el Señor castiga bien a su siervo por todos sus defectos en este mundo, para que no sea castigado en el otro.
Cambiar fondo del poema
En la ciudad de brumas y colinas,
un grito resuena en la noche estrellada,
¡Oh, Señor mío, Jesús de Palestina!,
tu amor es fuego, luz consagrada.
En la piel del santo, las marcas de vida,
una historia escrita con llanto y dolor,
pero en su corazón, la fe no se olvida,
y ve en el castigo un signo de amor.
Gracias te da, en su voz hay un canto;
cada herida es testigo de tu bondad,
pues en este mundo el siervo quebranto,
mas en el otro, encontrará piedad.