Abrigados como se debe, por mucho que se esté cerca de una lumbre, los asistentes comienzan a asar las castañas al caer la tarde. Así es como la calbotada impregna de olores nostálgicos los rincones y callejuelas de Candeleda. Aprovechan para contar historias con la intimidad que brinda esa luz a ras del suelo. Mientras el fuego se consume, algunos van colocando sobre una parrilla en las brasas algunos chorizos y morcillas -hace años se comía también magro con pimientos-. Horas más tarde, según se van consumiendo las candelas, el discreto alumbrado eléctrico propio de un pueblo permite contemplar desde alli el inmenso mapa celeste. Una fiesta popular como las que se recuerdan, capaz de satisfacer tres sentidos; gusto, olfato y vista.
Cambiar fondo del poema
Bajo el manto de la noche estrellada
se arrima la gente, abrigada y risueña,
a la lumbre que en Candeleda se alza
en la tradición que el otoño despeña.
Las brasas susurran viejas historias,
y el humo dibuja recuerdos al viento,
donde el aroma a castañas y gloria
transforma en magia el más mínimo momento.
Crepitan chorizos, morcillas al fuego,
y antiguas leyendas musitan su paso,
mientras el cielo despliega su juego
de estrellas que brillan en un firmamento raso.
La calbotada, festín de sentidos,
un banquete que toca el alma y el ser;
gusto y olfato, la vista rendida
ante la noche que invita a soñar y a creer.