Vamos a poner un belén que rompa la soberbia y el dolor.En el castillo pondremos un nuevo Herodes que sigue matando inocentes.Lavando en el río pondremos a la madre, que con la dulzura de sus manos lava la camisa de su hijo.Y junto al pozo pondremos a la mujer que vino de lejos buscando sustento.Entre las montañas de corcho pondremos pastores, las cuevas son sus hogares y el fuego su compañero.Todo lo llenaremos de ángeles inocentes y otros ángeles mayores.Y pondremos a José con sus canas y su bastón, recordando a los ancianos que viven en residencias.La Virgen que presiente el mundo que su hijo encontrará.Y al niño en su cuna.Es una locura infinita cuando Dios se hace hombre y muere de amor.¡Feliz Navidad!
Cambiar fondo del poema
En un pesebre humilde, rompemos la soberbia,
tejemos esperanzas bajo cielos de dolor.
A Herodes, en su torre, se le verá la tristeza,
mientras el río murmura el arrullo de una canción.
La madre lava en el río, sus manos suaves susurran,
el abrigo del tiempo apacigua el frío de un rol.
Cerca del pozo, una mujer lejana,
busca en la tierra nueva su aliento y su sol.
Montañas de corcho esconden a pastores,
en cuevas de silencio, el fuego da calor.
Con inocencia vuelan ángeles pequeños,
y los mayores, en coro, nos cantan al amor.
José, canas de sabio y su bastón de roble,
reposa en el pesebre, abrazando el dolor.
Y María, entre sombras, presiente el destino
del hijo en su cuna, portador de perdón.
Es la infinita locura del amor y del hombre,
que en el llanto del Niño, la esperanza sembró.
¡Feliz Navidad! que el milagro nos llene,
en cada rinconcito donde se anida el amor.