Si alguien osa alzar su voz,
inquietar el brillo de su risa,
hija del eco y la caricia,
verá el temple de un león feroz.
Bajo mis alas siempre irá,
la fuerza de un amor sin fin,
y aquel que atente contra mi kin,
que tema el rugido que saldrá.
Soy guardián de su paz sagrada,
vigía constante del sendero,
miro con firmeza el desafuero
del que interrumpa su jornada.
Con cada paso que dé mi hijo,
mi corazón marca su destino,
la luz en sus ojos, mi único signo,
y para él mi ser entero rijo.