En el ocaso, el sol se va,
entre colores de fuego y mar,
un lienzo pinta al cielo ya,
y el día comienza a soñar.
Las nubes visten su gala final,
con destellos de oro y carmesí,
un susurro del viento casual,
acaricia la tarde que muere allí.
La noche extiende su manto sutil,
cubriendo el paisaje en su paz,
y mientras el sol reposa febril,
la luna despierta en su dulce paz.