De entre todas las estrellas, Aronir se reconoció al ver su reflejo en el mar celestial. Era un ser de barro en una tierra hostil, esta es una historia al igual como la mariposa era una larva antes, en cómo un viento llega ser una gota de Rocío, Aronir de piel suave y corazón blando, lloró, amó, y vivió. Más había corrupción alrededor y causó una grieta en su corazón, Y lo usó a su favor, quería amar y sanar, pero los nacidos del barro siempre esperaban algo, Son seres que no pueden llenarse ni con lo que logran, entonces su temple resguardo como la coraza de un guerrero, y dejó la vida pasar a su armonía, tras varias historias escuchar, miró al cielo, y vió su reflejo, ¡Qué los seres del barro se conviertan en oro fundido y sean bellos del mismo cielo! Se embarcó y se alejó de tierras comunes, a poner su retoño dentro de la belleza.
Cambiar fondo del poema
Bajo el manto nocturno de estrellas fulgentes,
Aronir se vio en el mar celestial,
era un barro moldeado en tierras emergentes,
carne frágil, en un mundo hostil, desigual.
Igual que una mariposa de crisálida rotunda,
un viento sutil volviéndose Rocío,
Aronir de piel suave, de ternura profunda,
amó y lloró en el vasto vacío.
Alrededor la corrupción dejó marcas inciertas,
una grieta en su ser, un eco sombrío,
pero usó su dolor, como espinas desiertas,
en búsqueda de amor puro, genuino.
La arcilla del ser ansía lo que no llena,
anhelos que nunca se colman, al fin,
coraza de guerrero en su alma serena,
viendo la vida pasar en su confín.
Con el reflejo del cielo como guía,
¡que todo barro se haga oro fundido!,
dejó lo común por su propia armonía,
y halló la belleza en el mundo querido.