1977. Calle de casitas bajas sin asfaltar en el Barrio de Palomeras. Distrito de Puente de Vallecas, en 1977.Puente de Vallecas ha sido considerado, desde siempre, un barrio eminentemente obrero que comenzó a crecer desmesuradamente a partir de los años cincuenta debido a la riada inmigratoria de gentes desde otras provincias, la mayoría procedentes de Extremadura y Andalucía, más deprimidas y desde las zonas rurales, que buscaban en la capital una vida mejor.El sueño de estas personas era encontrar una vida digna que les permitiera, en muchos casos dejar atrás un pasado de hambre y miseria. Palomeras Bajas fue el destino de muchas de estos viajeros sin retorno.Venían sin destino, sin trabajo ni medios económicos para iniciar esta nueva vida.Los vendedores de terrenos en la zona ponían una mesa los sábados y domingos en medio del campo, un plano con un número, un contrato simple de compraventa del terreno a plazos, y a construir como fuera.Era el reino del descontrol urbanístico y de la explotación sin medida que hizo millonarios a vendedores sin escrúpulos. En Palomeras Bajas, en 1966, había 23.000 habitantes.Con mucho esfuerzo, solidaridad entre todos sus vecinos. Poco a poco salieron adelante. Hoy, a pesar de todas las penurias pasadas, se ve todo con mucha nostalgia.
Cambiar fondo del poema
En mil novecientos setenta y siete,
entre campos de polvo y sueños descalzos,
se alzaban casitas como gritos al cielo
en el barrio obrero de Palomeras Bajas.
Puente de Vallecas, un canto de esperanza,
recibió a los viajeros de tierras lejanas,
con el hambre a cuestas y el corazón lleno
de anhelos vivientes, de futuro sincero.
Las manos callosas, el sudor compartido,
construyeron sus vidas con ladrillos de fe,
sobre tierras vendidas por almas sin alma,
en ese laberinto de promesas y luz.
Allí, donde el sol y la luna eran testigos,
los sueños crecieron sin doblar rodillas,
hoy se tiñe el recuerdo de dulce melancolía,
un reflejo eterno de lucha y amor.