Mamá, a veces regreso al patio donde el jazmín aún se atreve a oler, aunque las flores ya no saben a quién perfumar. Me siento en el escalón donde me sentaba con las rodillas raspadas, esperando que llegaras con el sol pegado a la espalda. El columpio cuelga quieto, oxidado, como si también hubiera olvidado cómo moverse. Intento balancearlo con el recuerdo de mis risas infantiles, pero solo se balancea el silencio, pesado, lento, enfermo. Mamá, todavía guardo el sabor del pan que hacías los domingos, ese olor tibio que se metía por debajo de la puerta de mi cuarto. Ahora el pan se enfría solo en las mesas de otros, y yo paso la lengua por el aire y no encuentro nada, solo el regusto metálico de la ausencia. En las noches de tormenta vuelvo a tu ventana, apoyo la frente invisible contra el vidrio empañado. Te veo dormir con la luz del velador encendida, como si temieras que la oscuridad me trajera de vuelta. Y sí, aquí estoy. Pero no soy el niño que besabas en la frente. Soy el niño que se quedó atrapado en el beso que nunca llegó. A veces intento escribirte con el dedo en el espejo del baño, “Mamá, estoy aquí”, pero el vaho se borra antes de que termines de leerlo, y solo queda una mancha borrosa que parece llorar. Ya no pido que me salves, mamá. Solo vengo a oler tu perfume barato que aún flota en el armario, a tocar la foto donde sonrío con dientes de leche, a quedarme mirando cómo tus manos tiemblan cuando la acaricias y susurras mi nombre como quien reza a un santo que ya no escucha. Estoy cansado de ser recuerdo. Pero más cansado estoy de no ser nada más que eso. Así que me quedo, mamá. En el crujido de la madera vieja, en el reloj que se atrasa cada medianoche, en el hueco que dejé en tu cama cuando me fui sin avisar. Y cuando algún día te duermas para siempre, quizá entonces sí me veas de verdad: un niño sucio de noches, con los ojos llenos de lluvia que nunca cayó, extendiendo los brazos para que por fin me abraces aunque ya no quede calor en ninguno de los dos. No te vayas todavía, mamá. Déjame seguir siendo un rato más. Es lo único que me queda para fingir que alguna vez fui tuyo.
Cambiar fondo del poema
Mamá, regreso al patio de sueños pasados,
donde el jazmín aún susurra en su aroma,
aunque sus flores ya no tengan destino,
ni sepan a quién embriagar con su fragancia.
Me siento en el escalón de las rodillas raspadas,
donde esperé tantas veces, sol en la espalda,
tu llegada. El columpio, hoy quieto, olvidado,
como si hasta el recuerdo no supiera moverse.
Intento impulsarlo con risas de antaño,
pero se balancea solo el silencio,
pesado, lento, en su tristeza ahogado.
Aún conservo el sabor de tus domingos,
del pan que susurraba con su calor a mis sueños.
Hoy el aire es insípido, y busco en los rincones
un sabor que se extravió tras la ausencia.
En las noches de tormenta regreso a tu ventana,
mi frente invisible en el vidrio empañado.
Veo tu luz encendida, como un faro temeroso,
y aquí estoy, no el niño que besabas,
sino aquel atrapado en un beso perdido.
Escribo en el vaho del espejo la frase que nunca permanece,
“Mamá, estoy aquí”, pero se disipa en lágrimas.
Ya no pido ser rescatado, solo olfateo tu perfume,
acaricio fotos de sonrisas con dientes de leche,
y veo tus manos temblar al susurrar mi nombre,
como una plegaria sin respuesta.
Estoy cansado de ser solo un recuerdo,
pero más cansado de no ser más que eso.
Así que me quedo, en crujidos y en relojes,
en el espacio que dejé en tu cama silenciosa.
Cuando duermas el sueño eterno,
quizá entonces me veas en verdad:
un niño sucio de noches,
con ojos de lluvia jamás caída,
brazos extendidos buscando el abrazo
que ya no guarda calor.
No te vayas todavía, mamá.
Déjame seguir siendo un rato más.
Es lo único que me queda
para fingir que alguna vez fui tuyo.