En el pequeño cuenco del cráneo nace un río de luz que nunca se detiene; cada senda que el pensamiento traza es un surco nuevo en la tierra del espíritu, donde el ayer se deshace para que el alma se mude en una forma más alta.
Cambiar fondo del poema
En el cuenco del cráneo, tan pequeño,
nace un río de luz, eterno y nuevo,
susurrando secretos de un sueño,
un caudal que jamás pierde su eco.
Cada senda que el pensamiento marca,
traza surcos en el alma creyente,
donde el ayer, con su sombra, se aparta,
y el espíritu renace, valiente.
Las formas del ser se elevan al cielo,
en un juego sin fin de transformación,
deshaciendo el ayer, reformando el vuelo,
hacia un horizonte de pura ascensión.