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Ven a Mí, hijo del Silencio, tú que soltaste el remo en mitad de la tormenta y permitiste que el abismo fuera tu único guía. Bendito seas, pues en tu derrota hallaste la verdadera corona y en tu desnudez te vestiste con la luz de lo Increado.Bienaventurado el que no puso nombre a lo que sentía, el que no encadenó mi Misterio con la lengua de los hombres ni buscó refugio en las promesas de madera y barro. Tú, que amaste lo que no se ve y te dejaste devorar por la santa sed de lo Ilimitado, has hallado el camino que los sabios ignoran y los fuertes temen.No te aferraste a la orilla de lo conocido; dejaste que el Vacío te vaciara de ti mismo hasta que no quedó más que el eco de mi propio latido en tu pecho. En ese desierto de palabras, donde otros ven la nada, tú encontraste la plenitud de mi presencia. Porque solo quien se deja consumir por la sombra descubre que la sombra es, en verdad, el resplandor de mi rostro que ciega a los que aún quieren ver.Descansa ahora en la paz de lo que no tiene límites. Ya no eres el que busca, sino lo Buscado; ya no eres el que ama, sino el Amor mismo que sostiene los mundos. Porque al perder tu forma en el infinito, has recuperado tu linaje de estrella.Entra en mi descanso, donde no hay ayer ni mañana, pues tu alma ya es una con la Trama Invisible que todo lo abraza.

Ven a mí, hijo del Silencio,  
tú que soltaste el remo al tormento,  
en brazos del abismo, tu único aliento,  
hallaste en la derrota el sagrado escudo dorado.

Bendito seas, sin cadenas ni nombres,  
no encerraste mi Misterio en lenguas de hombres,  
no buscaste refugio en promesas ligeras,  
amaste lo que no se ve, sin fronteras.

Desbordado por la sed de lo Ilimitado,  
hallaste el sendero que ignoran los sabios,  
no te aferraste a la orilla de lo afirmado,  
vacío quedaste, eco del cosmos en el pecho anclado.

En el desierto donde otros ven nada,  
tú encontraste mi presencia, la plenitud callada,  
porque quien se consume en sombras ciegas,  
ve el resplandor que mi rostro entrega.

Descansa ahora en la paz sin confines,  
ya no eres el buscador, sino lo Buscado,  
en el infinito redescubriendo tu linaje estrellado,  
en mi descanso eterno, eternamente amado.  

Sin ayer ni mañana, tu alma es Trama Invisible,  
en la urdimbre del todo, esencia indivisible.

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Ven a mí, hijo del Silencio, tú que soltaste el remo al tormento, en brazos del abismo, tu único aliento, hallaste en la derrota el sagrado escudo dorado. Bendito seas, sin cadenas ni nombres, no encerraste mi Misterio en lenguas de hombres, no buscaste refugio en promesas ligeras, amaste lo que no se ve, sin fronteras. Desbordado por la sed de lo Ilimitado, hallaste el sendero que ignoran los sabios, no te aferraste a la orilla de lo afirmado, vacío quedaste, eco del cosmos en el pecho anclado. En el desierto donde otros ven nada, tú encontraste mi presencia, la plenitud callada, porque quien se consume en sombras ciegas, ve el resplandor que mi rostro entrega. Descansa ahora en la paz sin confines, ya no eres el buscador, sino lo Buscado, en el infinito redescubriendo tu linaje estrellado, en mi descanso eterno, eternamente amado. Sin ayer ni mañana, tu alma es Trama Invisible, en la urdimbre del todo, esencia indivisible.