Aquel hombre modelaba vasijas sin forma, tan finas que el viento parecía atravesarlas. Sus vecinos se burlaban diciendo: «¿Para qué sirve un cántaro que no puede retener el agua? Tus vasijas son solo ausencia y aire».El ciego, con una sonrisa que parecía venir de un tiempo anterior al sol, les respondió:—«Vosotros amáis el barro porque contiene el vino que calma vuestra sed de una tarde. Yo, en cambio, amo el vacío que hay dentro, pues en ese hueco habita el mismo espacio que sostiene a las estrellas. Mi cántaro no es para guardar el agua del río, sino para invitar a la Vastedad a que descanse en mi mesa».Una noche, un gran temblor sacudió la tierra. Los muros de la ciudad cayeron y los cántaros de oro y piedra de los mercaderes se hicieron añicos, derramando su contenido en el polvo. Los hombres lloraron al ver sus tesoros perdidos.Pero el ciego permaneció en calma. Sus vasijas, al ser casi nada, no se quebraron; simplemente dejaron de ser límites. El espacio que estaba dentro de ellas se fundió con el espacio del cielo, y el ciego, que ya amaba lo invisible, no sintió que hubiera perdido nada. Al contrario, comprendió que su pequeña vasija se había convertido en el Universo entero.«Quien se aferra a la forma, muere con la grieta; quien ama el Vacío, se vuelve eterno en el infinito.
Cambiar fondo del poema
Aquel hombre, ciego y sabio,
modelaba con sus manos el aire
haciendo vasijas tan finas,
que el viento sin tropiezo pase.
Sus vecinos con burlas hablaban:
«¿Qué haces con cántaros vacíos,
si no pueden retener ni una gota,
si solo son ausencia y suspiros?»
Con sonrisa de tiempos remotos,
él les respondió sin temor:
«Vos amáis al barro por el vino
que apacigua la sed del calor.
Yo amo el vacío que dentro reside,
pues el mismo sostiene estrellas.
Mi cántaro no guarda el río,
sino invita al cosmos a la mesa.»
Y cuando la tierra tembló,
los muros al polvo rindieron.
Tesoros de oro y piedra cayeron,
en el polvo su contenido murieron.
El ciego, en su serenidad,
miró sus vasijas intactas;
al ser casi nada, se liberaron,
y el cielo halló en ellas su morada.
«Quien a la forma se aferra,
con la grieta pícaramente cae;
quien ama el Vacío y su esencia,
se hace eterno en el ansiado Infinito.»