Un portal de granito, tosco y eterno, guarda un eco del tiempo, un sueño materno. En su arco de piedra, la historia esculpida, se detiene la vida, en quietud suspendida. El gigante gris, de linaje ancestral, con su porte de reina, serena y leal. Su trompa, una caricia de seda y marfil, se posa en el aire, un gesto febril. Un pequeño ser, a sus pies, se detiene, un mundo diminuto que la vida detiene. Sus miradas se cruzan, un hilo invisible, un lazo que une, un amor indescriptible. El elefante, sabio, con siglos a cuestas, le ofrece su calma, sus dudas, sus respuestas. Ana Pacheco, el relato ancestral detalla, la unión sagrada que ni el tiempo acalla.| Con rima 1y 4 2y 3Cuatro estrofas
Cambiar fondo del poema
Ante el portal de granito, tosco y eterno,
guarda un eco del tiempo, sueño materno.
En su arco de piedra, la historia esculpida,
se detiene la vida, en quietud suspendida.
El gigante gris de linaje ancestral,
con su porte de reina, serena y leal.
Su trompa es una caricia de seda y marfil,
se posa en el aire, un gesto febril.
Un pequeño ser, a sus pies, se detiene,
en un mundo diminuto que la vida sostiene.
Sus miradas se cruzan, un hilo invisible,
un lazo que une, un amor indescriptible.
El elefante, con sabiduría a cuestas,
le ofrece su calma, sus dudas, sus respuestas.
Ana Pacheco narra el relato ancestral,
la unión sagrada que ni el tiempo acalla.