Hay un amor que vive donde calla el viento,como un cirio encendido detrás de la niebla;no tiene manos, pero acaricia el pensamiento,ni tiene labios, y aun así mi nombre besa.Es un río de luz que no conoce puerto,un milagro secreto floreciendo en la espera.Te amo en la forma en que el cielo guarda al alba,sin tocar su fulgor y sosteniendo su fuego;como la luna vela la oración de las aguas,mirándolas temblar desde su reino quieto.Mi corazón, humilde campana entre la sombra,pronuncia tu silencio como si fuera un credo.A veces tu recuerdo se vuelve golondrinay anida entre los salmos dormidos de mi pecho;otras, es una rosa de invisible espinaque sangra dulcemente sin herir lo que siento.Porque amar también es soltar con fe las alasy bendecir la distancia que protege lo eterno.No todo amor nació para habitar la tierra,hay algunos sembrados en jardines del cielo;amores que Dios guarda detrás de ciertas puertaspara que no se rompan con la prisa del tiempo.El nuestro es uno de esos: llama que no se apaga,estrella que no cae aunque no roce el suelo.Y si jamás la vida nos concede un abrazo,quedará esta ternura latiendo en lo invisible,como un himno de luz suspendido en los años,como un ángel de nieve velando lo imposible.Porque amarte sin destino no es perderte del todo:es llevarte en el alma… donde nada prescribe.Cinco estrofas
Cambiar fondo del poema
Hay un amor que vive donde calla el viento,
como un cirio encendido detrás de la niebla;
sin manos acaricia lo que en sueños invento,
sin labios, mi nombre besa con delicadeza.
Es un río de luz que no conoce puerto,
un milagro secreto floreciendo en la espera.
Te amo en la forma en que el cielo guarda al alba,
sin tocar su fulgor y sosteniendo su fuego;
como la luna vela la oración de las aguas,
mirándolas temblar desde su reino quieto.
Mi corazón, humilde campana entre la sombra,
pronuncia tu silencio como si fuera un credo.
A veces tu recuerdo se vuelve golondrina
y anida entre los salmos dormidos de mi pecho;
otras, es una rosa de invisible espina
que sangra dulcemente sin herir lo que siento.
Porque amar también es soltar con fe las alas
y bendecir la distancia que protege lo eterno.
No todo amor nació para habitar la tierra,
hay algunos sembrados en jardines del cielo;
amores que Dios guarda detrás de ciertas puertas
para que no se rompan con la prisa del tiempo.
El nuestro es uno de esos: llama que no se apaga,
estrella que no cae aunque no roce el suelo.
Y si jamás la vida nos concede un abrazo,
quedará esta ternura latiendo en lo invisible,
como un himno de luz suspendido en los años,
como un ángel de nieve velando lo imposible.
Porque amarte sin destino no es perderte del todo:
es llevarte en el alma… donde nada prescribe.