No necesito la noche para mostrar lo que en mí florece, me basta el roce del viento sobre la piel que se estremece, y una mirada tuya que en silencio me enciende.Como manzana roja entre mis manos, guardo el deseo en su dulzura, brilla la lluvia sobre mis labios con una lenta y tibia ternura; no es el cuerpo quien seduce, es el alma en su hermosura.De pie bajo la llovizna suave, mi vestido abraza el instante, y cada gota dibuja versos sobre este pecho palpitante; romántica y libre camino, con un encanto fascinante.Hay sensualidad en lo simple: en recoger frutos del árbol, en el perfume de la tarde, en la humedad besando el campo; porque el amor más verdadero nace en lo sutil y lo callado.Y si tus ojos hoy me miran, verás más que un bello reflejo: una mujer hecha de luna, de fuego dulce y de misterio; capaz de amar con la mirada y estremecer con un “te quieroCinco estrofas
Cambiar fondo del poema
No necesito la noche oscura,
para mostrar lo que en mí florece,
me basta el roce del viento leve,
sobre la piel que se estremece,
y una mirada tuya, en silencio, que me enciende.
Como manzana roja entre mis manos,
guardo el deseo en su dulzura pura;
brilla la lluvia sobre mis labios,
con lenta y tibia ternura;
no es el cuerpo quien seduce, es el alma en su hermosura.
De pie bajo la llovizna suave,
mi vestido abraza el instante,
y cada gota dibuja versos
en este pecho palpitante;
romántica y libre camino, con un encanto fascinante.
Hay sensualidad en lo simple:
en recoger frutos del árbol,
en el perfume de la tarde,
en la humedad besando el campo;
porque el amor más verdadero nace en lo sutil y lo callado.
Y si tus ojos hoy me miran,
verás más que un bello reflejo:
una mujer hecha de luna,
de fuego dulce y de misterio;
capaz de amar con la mirada y estremecer con un “te quiero”.