Me envuelvo en su amanecer de caricias lentas,cuando la aurora se asoma por la piel y suspira,sus dedos recorren silencios, despiertan tormentas,y en mi pecho la mañana arde, tiembla y respira.La sábana guarda el secreto tibio de su roce,el alba se derrama en la curva de los deseos,su mano en la mía es promesa que no conocemás límite que el fuego dulce de nuestros anhelos.Se inclina la luz sobre cuerpos aún dormidos,y el aire se perfuma de besos contenidos,cada latido murmura un verso estremecidomientras el sol nos descubre lentos y rendidos.Qué envidia le nace a la aurora cuando nos mira,fundidos en la paz de un placer silencioso,pues ni su brillo dorado iguala la llama que giracuando amanezco en su abrazo, sensual y amoroso.Cinco estrofas
Cambiar fondo del poema
Me envuelvo en su amanecer de caricias lentas,
cuando la aurora se asoma por la piel y suspira,
sus dedos recorren silencios, despiertan tormentas,
y en mi pecho la mañana arde, tiembla y respira.
La sábana guarda el secreto tibio de su roce,
el alba se derrama en la curva de los deseos,
su mano en la mía es promesa que no conoce
más límite que el fuego dulce de nuestros anhelos.
Se inclina la luz sobre cuerpos aún dormidos,
y el aire se perfuma de besos contenidos,
cada latido murmura un verso estremecido
mientras el sol nos descubre lentos y rendidos.
Qué envidia le nace a la aurora cuando nos mira,
fundidos en la paz de un placer silencioso,
pues ni su brillo dorado iguala la llama que gira
cuando amanezco en su abrazo, sensual y amoroso.
Las sombras se rinden al abrazo del día,
y el horizonte canta promesas que se rozan,
nuestros sueños despiertos, en calma y armonía,
dibujan con susurros llamas que jamás se posan.