veces el mundo pesa como un siglo de inviernos,con el alma agrietada por el frío y el rigor,pero surge un destello en los gestos más tiernos:ese arco de luz que desarma al dolor.No es solo un movimiento de labios y mejillas,es un brote de vida que rompe el pavimento;la fuerza silenciosa que nos pone de rodillasante la maravilla de habitar este momento.Hay una medicina que no entiende de horarios,que viaja por la sangre calmando la marea;borra los inventarios de días solitariosy enciende una fogata donde todo flaquea.Porque sonreír sana, lo sabe bien el pechocuando suelta la carga que no le pertenecía;es ver cómo se eleva, tras un cielo desecho,el sol de la esperanza con su mansa alegría.Que nunca falte el puente de tu risa sincera,ese bálsamo antiguo que restaura el motor;pues quien guarda una mueca de luz verdadera,lleva siempre consigo su propio sanador.Cinco estrofas
Cambiar fondo del poema
A veces el mundo pesa como un siglo de inviernos,
con el alma agrietada por el frío y el rigor,
pero surge un destello en los gestos más tiernos:
ese arco de luz que desarma al dolor.
No es solo un movimiento de labios y mejillas.
Es un brote de vida que rompe el pavimento;
la fuerza silenciosa que nos pone de rodillas
ante la maravilla de habitar este momento.
Hay una medicina que no entiende de horarios,
que viaja por la sangre calmando la marea;
borra los inventarios de días solitarios
y enciende una fogata donde todo flaquea.
Porque sonreír sana, lo sabe bien el pecho
cuando suelta la carga que no le pertenecía;
es ver cómo se eleva, tras un cielo desecho,
el sol de la esperanza con su mansa alegría.
Que nunca falte el puente de tu risa sincera,
ese bálsamo antiguo que restaura el motor;
pues quien guarda una mueca de luz verdadera,
lleva siempre consigo su propio sanador.