Como lamparas de oro fugandose Y el estirpe blanquecino de la mañana como grerura al claro de una estela numinosa, se revientan e hinchan como olas de un magistral acantilado inefable, y su voz no es sino lo que declama en el viento, es su mesura deformandose al sonido de un quejumbroso alarido sus masas. Hay una danza, hay un ballet, una batalla Intrépida en los reinos del más allá.Dorados son el velo que se despliega sobre el viento, alumbran cuál oro difuminado que se orienta como un río desde un lago celestial.Esclareciendo como un cristal los escombros del abismo del vasto mar.Los cielos de antaño, ¡Oh, un castillo dorado!Mensajeras de las estrellas de las vagas historias en sus pergaminos anaranjados.Cual cima reposa su fría y cálida luzEn su azulado espejo de acuarela profunda y negruda.Así como el, el amor es un eco que órbita las cimas, llega como viento y cobija el vacío llenándolos de aromas de toda rosa mortal y efímera.Sus cuartos están lleno de perfumes, allí donde El viento reposa por las noches, cuando negro y púrpura pintan el numinoso firmamento.Sabré que abre despertado al volver a dormir.
Cambiar fondo del poema
Lámparas de oro escapan del ocaso,
como estirpe blanquecina al alba gris,
ola tras ola en un acantilado acaso,
voz que el viento en su canto dice así.
Danza intrépida en reinos del más allá,
un velo dorado que al viento se despliega,
río celestial que hacia el lago va,
cristal que el abismo del mar doblega.
Cielos de antaño, castillo dorado,
estrellas mensajeras de historias difusas,
una cima de luz cálida y fría,
en espelhos de acuarela profunda y oscura.
El amor, eco en las alturas,
viento que cobija vacío con aromas,
perfumes llenan sus estancias puras,
donde el viento duerme en noches que asombran.
Al despertar de nuevo en el sueño,
cuando el firmamento es negro y púrpura claro,
sabré que he vuelto a mi leño,
donde los perfumes eternos soñaron.