Dios no creó al hombre a su imagen y lo vistió de pasiones, sino el hombre creó a Dios a su imagen y le puso sus pasiones.
Cambiar fondo del poema
En el vasto espejo del pensamiento,
el hombre cincela su propio cielo,
crea a un dios con fuego y aliento,
tejido de sueños, amor y duelo.
De arcilla divina, miedos y anhelos,
forja un reflejo que cierra el ciclo,
donde late su eco, sus devaneos,
y viste de fuego lo que es mito.
No en cielos remotos, sino en su pecho,
la chispa divina ha encontrado espacio,
y en su imagen traza, bajo su techo,
un dios que comparte su mismo trazado.