Pues desde las arenas me levanté hacia el trono, y en su rozar, crujió su zafiro, sus perlas. Mi mano agarró del borde del cuello de Dios, y le rompí la máscara que lo cubría desde los siglos antiguos. Lo sostuve y le puse de rodillas desde el cielo hasta la tierra y le miré a los ojos hasta que vencido bajo su propia ley que le refleje.
Cambiar fondo del poema
Desde las arenas me alcé al firmamento,
donde el trono de zafiro crujía y temblaba;
mi mano, audaz, asió el borde divino,
desgarrando la máscara de siglos, al alba.
La faz oculta de Dios quedó expuesta,
y con fuerza lo traje a la tierra incierta;
de rodillas se postró ante su reflejo,
en sus ojos vi un pasado que se quiebra.
Bajo la mirada del hombre se rindió,
venció, al fin, la ley que siempre ignora;
y el susurro de las perlas calló,
pues en mí la eternidad se desmorona.