Bajo el cuarzo helado de la catedral,no habita el gusano ni el polvo ancestral,sino una sutura de luz de neón,que cose las grietas de la imperfeccióny apaga el latido de un mapa de sal.La Muerte no viste crespones de lana,ni llega montada sobre una campana,es un alquimista de pulcro bisturíque teje la sombra con hilos de rubíy abre la puerta a la carne lejana.Un eco de vidrio resuena en las venas,deshecha la carga de culpa y cadenas;no hay juicio en su abrazo, ni fuego ni ley,tan solo la gracia de un antiguo reyque duerme sin horas, sin miedo ni penas.Las sombras danzan en mármol y encaje,mientras los espectros suspenden su viaje,desnudando el alma de toda inquietud,sumisa a los besos de la quietud,sin lágrimas negras que manchen su traje.Y cuando la última vela se extinga,no habrá pesadumbre que el pecho fustiga:un manto de hiedra nos ha de cubrir,no como el castigo final de existir,sino como un arte que el tiempo atestigua.Cinco estrofas de cinco versos
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Bajo el cuarzo helado de la catedral,
no habita el gusano ni el polvo ancestral,
sino una sutura de luz de neón,
que cose las grietas de la imperfección
y apaga el latido de un mapa de sal.
La Muerte no viste crespones de lana,
ni llega montada sobre una campana,
es un alquimista de pulcro bisturí
que teje la sombra con hilos de rubí
y abre la puerta a la carne lejana.
Un eco de vidrio resuena en las venas,
deshecha la carga de culpa y cadenas;
no hay juicio en su abrazo, ni fuego ni ley,
tan solo la gracia de un antiguo rey
que duerme sin horas, sin miedo ni penas.
Las sombras danzan en mármol y encaje,
mientras los espectros suspenden su viaje,
desnudando el alma de toda inquietud,
sumisa a los besos de la quietud,
sin lágrimas negras que manchen su traje.
Y cuando la última vela se extinga,
no habrá pesadumbre que el pecho fustiga:
un manto de hiedra nos ha de cubrir,
no como el castigo final de existir,
sino como un arte que el tiempo atestigua.