El mortal es un ¡Ay! que late entre las sombras, carne viva que muerde y se desangra en silencio, luz que se apaga y vuelve a nacer en la herida, oscuridad que abraza y nunca suelta del todo.Grita el pasado en la garganta del presente, como un río antiguo que no encuentra la orilla. Padres que caminaron sin nadie que les mostrara el camino de mirarse por dentro, que entregaron su propio vacío como único pan de cada día.Y así crecen los hijos, respirando aquel aire denso, aprendiendo que es natural temblar por una palabra dicha ayer, encenderse por una sombra que ya no está. Se convierten en espejos rotos donde se refleja la misma sed: unos guardan el llanto bajo siete llaves, caminan callados, con el pecho cerrado; otras arden a la vista de todos, fieras y orgullosas como reinas sin corona. A veces el silencio cambia de cuerpo, y la furia se viste de hombre o de mujer, pero siempre es el mismo fuego antiguo que nadie enseñó a apagar.Todos llevan en la voz el eco de aquella casa sin puertas, el mismo temblor disfrazado de gestos distintos. Y yo, al mirar el mal que nos atraviesa, absuelvo al diablo de toda culpa: porque fue el hombre quien sembró la semilla, quien olvidó mirarse en el agua quieta, quien pasó de mano en mano la herida abierta como si fuera el único legado posible.
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Entre las sombras, el mortal es un ¡Ay!
que late y se desangra en silencio,
carne que muerde, luz que se apaga
y renace en la herida.
El pasado grita en la garganta del presente,
un río sin orilla, un eco sin hogar.
Padres vagaron sin guía, con miradas vacías,
entregando su vacío como diario pan.
Así crecen los hijos, respirando un aire pesado,
temblando por una palabra del ayer,
encendiendo memorias de sombras ausentes.
Espejos rotos se convierten, ardientes o callados,
reflejando la misma sed.
Unos guardan llanto tras siete cerrojos;
otros, fieras sin corona, arden a la vista.
El silencio cambia de piel,
la furia viste de hombre o mujer,
pero siempre es el mismo fuego ancestral.
En cada voz resuena una casa sin puertas,
el temblor bajo distintos gestos oculto.
Y yo miro al mal que nos atraviesa,
absuelvo al diablo, inocente de esta obra:
fue el hombre quien sembró la semilla,
quien olvidó mirarse en aguas quietas,
pasando la herida abierta
como único legado posible.